Bienvenido sea el que viaja al Cielo y vive en la Tierra

viernes, 3 de junio de 2011

Noir.

Es largo de explicar. Creo.

El lunes Deborah arrancó una a una las páginas del libro "Ana Karenina" . Hizo un montículo y las quemó en el patio. Yo al sentir el aire cargado, salí rauda a averiguar de dónde provenía el penetrante olor.

-¿Qué has hecho, Deborah?- le grité con un semblante imagino que aterrador.
Ella negó con fuerza en un gesto de cabeza - Es triste. No quiero.

Yo al imaginar qué desagradó -¿desagradar? ¿pero acaso puede desagradarle o gustarle algo?- a mi Pequeña (que si no recuerdo mal, Ana moría en las fauces del tren) en vez de enojarme con ella, le cedí completamente mi cuerpo para que se aferrara a él. Seguimos las llamas y el humo ascender al cielo. A un cielo oscuro y amenazante. El manto negro dueño de nuestros desvaríos.

El martes por la mañana me pidió que la llevara a la librería. Quería un libro nuevo, y gustosa la llevé.

-¡Este, quiero este!
-A ver... "El principito"
-¡Sí, sí! -me zarandea de la ropa.
-¡Que sí, pesada!

La primera vez que leí El Principito tengo que decir que lo subestimé. No es que no me gustara, simplemente pensé que se había hecho demasiado famoso para lo que era. Ahora, que soy más mayor, pienso que tanta vertiente de interpretación debe ser recompensada. Además, la que opinó aquella primera vez era una vieja chocha que creía saber todo, cuando no sabía una mierda. Si bien este libro quizá sencillo para algunos, yo opino que no lo podría escribir cualquiera. La sencillez infantil. Sí, sólo la mente de un niño podría haberlo hecho. ¿Rescatarán los hombres adultos alguna vez su niño interior?

Le compré el librito y tan felices para casa. Ella al ser androide, lee a una velocidad vertiginosa. Tal vez haya leído mil veces el relato por día. Tal vez más.

Y ya he descubierto por qué pasea a todos lados con un libro bajo el brazo. Verás, resulta de que por las tardes marcha a la playa. Por las madrugadas, que es cuando ella ve la tele, siempre ponen una película (de mala muerte, de las de serie Z). Resulta que en una de ellas, la protagonista andaba de acá para allá con un libro distinto cada vez. Posiblemente su sistema de aprendizaje ha adherido que ese comportamiento es algo natural es las féminas humanas.

Ayer, miércoles, después de almorzar me rogó que la acompañara.
-¿Pero a dónde vamos?
-Tú sólo vendrás por si acaso te necesito, pero la que manda esta vez soy yo.
-¿Pero qué co...? -Si tenemos en cuenta que la construí y puse todo mi empeño en ella, se me podría considerar su Madre. Ella es mi creación, mi obra más perfecta. Sí, yo soy su madre. Por esto y por darle un capricho le dije: Entendido.

Callejeamos con un sol ardiente en la espalda. Una calle larga que lleva directa al mar. Pasamos la tarde allí, entre el sonido relajante del oleaje y el sabor de sal en los labios y en el cuerpo.

-Ya es la hora.
-¿De qué?
-Él.

Volvimos a recorrer la misma calle. Yo no entendía muy bien qué estaba ocurriendo, pero me dejé llevar. De repente, Deborah deja de caminar delante de una casa enorme. Gigantesca, monstruosa. Naranja, peculiar entre las demás. De ella sale un muchacho de pelo castaño claro. Labios apetecibles, ojos grandes, de esos es lo que no te importaría verte reflejada eternamente. "Cómo olvidar sus grandes ojos fijos" Ya lo dijo Pablo Neruda. Cuerpo de canon griego, y un atractivo grácil, de los que sólo una persona risueña puede tener. Verle era como contemplar pura Armonía. Como contemplar a tu contradictoria, pero semejante, personificación.

Seguido de él, una chica. Morena, pequeña, menuda, ojos expresivos, labios carnosos. Sonrisa desbordante, y aunque joda, guapísima.

En ese momento, Deborah apretó el libro contra su pecho y echó a correr. Yo no hice nada. Así fue como lo acordamos. Me pregunto si todas sus reacciones son modelos y perfiles psicólogicos que ha estado guardando en su sistema. De todos modos, sigue siendo un misterio. Aún con este planteamiento. También comprendo por qué la playa. Una excusa para detenerse delante de una casa. Día tras día. Recordándola los primeros días de su existencia. Tosca, bruta, sedienta de sexo, sin remordimientos, sin pudor. Una más en la barra de un bar. Y ahora... sedienta sí, pero de amor.

Justamente cuando llegué a casa estaba ella absorta en el libro. Intenté quitárselo para que no corriera la misma suerte que el primero. Volvió a negarme con fuerza en un gesto de cabeza. A muchos podría resultarle molesto este afán suyo por no mediar palabra cuando -debemos interpretar- que está triste. ¿Puede de verdad estar triste?

-El Principito es él ¿verdad? Te recuerda a él. Por eso no lo vas a quemar.
Asiente.

Quedé tan conmovida por los pseudo-sentimientos de mi gólem, que ya poco me importó el Polvo Estelar y su color. Conmovida, o quizás la envidiara. La envidiaba porque parecía que el corazón de metal era el mío y no el suyo. Fumé por lo menos la mitad del cargamento. Yo sola de una sentada. No podría explicar que fui capaz de ver. Vislumbro conejos blancos correteando a mi alrededor, pipas de fumar que afirman que no son pipas, caballitos de mar gigantes (aunque ellos prefieren que se les llame Equus Maris), hipopótamos hambrientos (sedientos más bien) que me pedían cerveza helada. Luego refracciones de luz. Refracción en el espejo, refracción en la pared, en el techo, en el aire, en mis pupilas, ¡hasta en el agua del váter! Sí, estoy segura de que el Polvo Estelar Negro le hubiera ahorrado tiempo a la filosofía teleológica.

Cuando las refracciones se marcharon, di una mirada de soslayo a Deborah. Ella me la devolvió. "Sálvame". Pero ninguna hizo nada.





"Esto no es una pipa"



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